¿Por qué Riquelme no es vertical?
El trabajo, hablando rápidamente, supone un fin (el producto) y unos medios (actividades intermedias) que se organizan según el principio "de lo primero es lo primero": para fabricar una mesa, debo dar orden a una serie de tareas (conseguir la materia prima, las herramientas adecuadas, hacer un plano, etc), cada una de las cuales demanda un cierto "gasto" de tiempo. El fin regla la elección de las tareas intermedias y su realización y, consecuentemente, el tiempo necesario para la labor. El trabajo implica, entonces, disponer tanto de un capital material (aquellas cosas necesarias para llevar a cabo las tareas) como un capital temporal (el tiempo que "se tiene" para llevar a cabo las tareas). La eficacia del trabajo se mide en los términos de su capacidad para obtener resultados, es decir, en su capacidad de producir. Ha de tenerse en cuenta aquí que el tiempo que se "tiene" siempre es limitado: ya porque generalmente el trabajo se encuentra entre otros trabajos que reclaman tiempo ya, y en sentido radical, por la muerte. Agreguemos que por "un buen trabajo" se entiende aquel que produce más y mejores efectos en el menor tiempo posible. Esto es, aquel que usa menos capital (material y temporal) para maximizar los beneficios.
El arte de disponer de manera eficaz unos medios para alcanzar unos fines se llama economía. El trabajo implica, entonces, una economía del tiempo. Dado que el tiempo es siempre igual a n (y no infinito), la razón económica tiene por objeto establecer cómo gastar eficazmente ese tiempo. De esta manera, el tiempo se parcela en actividades que se suceden de cierta forma.
El trabajo, hablando rápidamente, supone un fin (el producto) y unos medios (actividades intermedias) que se organizan según el principio "de lo primero es lo primero": para fabricar una mesa, debo dar orden a una serie de tareas (conseguir la materia prima, las herramientas adecuadas, hacer un plano, etc), cada una de las cuales demanda un cierto "gasto" de tiempo. El fin regla la elección de las tareas intermedias y su realización y, consecuentemente, el tiempo necesario para la labor. El trabajo implica, entonces, disponer tanto de un capital material (aquellas cosas necesarias para llevar a cabo las tareas) como un capital temporal (el tiempo que "se tiene" para llevar a cabo las tareas). La eficacia del trabajo se mide en los términos de su capacidad para obtener resultados, es decir, en su capacidad de producir. Ha de tenerse en cuenta aquí que el tiempo que se "tiene" siempre es limitado: ya porque generalmente el trabajo se encuentra entre otros trabajos que reclaman tiempo ya, y en sentido radical, por la muerte. Agreguemos que por "un buen trabajo" se entiende aquel que produce más y mejores efectos en el menor tiempo posible. Esto es, aquel que usa menos capital (material y temporal) para maximizar los beneficios.
El arte de disponer de manera eficaz unos medios para alcanzar unos fines se llama economía. El trabajo implica, entonces, una economía del tiempo. Dado que el tiempo es siempre igual a n (y no infinito), la razón económica tiene por objeto establecer cómo gastar eficazmente ese tiempo. De esta manera, el tiempo se parcela en actividades que se suceden de cierta forma.
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Ahora bien, si sólo hay trabajo y economía, siempre ha de faltar el tiempo... El hombre es también la economía pero no sólo ni esencialmente la economía. Es claro: el problema no es con la economía sino que la economía nos "robe" todo nuestro tiempo.
Hay otro tiempo: uno que no puede ni "ganarse" ni "perderse" porque, en principio, nunca se tuvo ni puede tenerse. Un tiempo que es único y no puede compararse con ningún otro, que no admite cálculo ni intercambio; un tiempo que es lo anti-económico por antonomasia. Es el tiempo que nos toma y nos deja sin palabras, sin nada más que hacer que permanecer, en apacible quietud, a su merced.Un tiempo sin tiempo que se queda donde está, que se demora sin razón y deshace, sin acción ni violencia, los márgenes de toda acción y proyecto. Pensemos en el amor, en el encuentro amoroso: no hay allí ningún trabajo por hacer, ningún resultado que obtener, no hay eficacia ni comparación. Sólo un tiempo y un demorarse. No hay saber, no hay historia: sólo verdad.
Hay otro tiempo: uno que no puede ni "ganarse" ni "perderse" porque, en principio, nunca se tuvo ni puede tenerse. Un tiempo que es único y no puede compararse con ningún otro, que no admite cálculo ni intercambio; un tiempo que es lo anti-económico por antonomasia. Es el tiempo que nos toma y nos deja sin palabras, sin nada más que hacer que permanecer, en apacible quietud, a su merced.Un tiempo sin tiempo que se queda donde está, que se demora sin razón y deshace, sin acción ni violencia, los márgenes de toda acción y proyecto. Pensemos en el amor, en el encuentro amoroso: no hay allí ningún trabajo por hacer, ningún resultado que obtener, no hay eficacia ni comparación. Sólo un tiempo y un demorarse. No hay saber, no hay historia: sólo verdad.
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Riquelme para la pelota y el tiempo suspende su marcha: el correr de los minutos, el marcardor, los jugadores contrarios y sus propios compañeros, se suspenden. Nos inunda la perplejidad: "¿Qué hace Riquelme?". Y el instante, sin espesor, se extiende desbordando los límites del tiempo. "Nada" porque no hay nada que hacer. Riquelme, sencillamente, juega. Él es la esencia misma del juego: juega para nada, porque quiere, juega por derroche y no por carencia. Juega y desbarata la razón. "¿No debería ser vertical?", "¿No debería pegarle al arco?", "¿Por qué va para atrás?" Riquelme prefiere no hacer ni una cosa ni la otra. Prefiere no trabajar, prefiere no calcular, prefiere no obeceder las directivas de su entrenador. Prefiere no hacerlo. Riquelme prefiere jugar.
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