martes, 23 de octubre de 2007

Preferiría no hacerlo

Preferiría no jugar en Italia, Alemania o Inglaterra. Preferiría no resignar mi contrato de nueve millones de euros. Preferiría no perderme el año nuevo con mi familia porque me piden que me reincorpore al plantel un 29 de diciembre. Preferiría que no hablen mal de mí en los medios. Preferiría que no me peguen en los tobillos. Preferiría no hacerlo.

“Preferiría no hacerlo”. La frase que el personaje de Herman Melville, Bartleby el escribiente, no para de repetir, se reproduce en cada acción y cada gesto de Juan Román Riquelme. También se reproduce el efecto que la frase tiene sobre los patrones, sobre los poderosos que, con mejores o peores intenciones (no se trata de intenciones en la realidad material de nuestro mundo), reaccionan inicialmente con desconcierto (¿cómo puede ser que él, mi empleado, me esté respondiendo que no cuando sólo le estoy dando una orden simple, casi un pedido?) y paulatinamente con brutalidad cada vez más despiadada, con respuestas que rozan el absurdo (en el caso de Bartleby, la decisión de mudarse de oficina para dejarlo atrás, en el caso de Riquelme, la decisión de absorber una gigantesca pérdida económica antes que dejarlo partir en condiciones que benefician al jugador y no tanto a la empresa).

Dirán que el caso es diferente, ya que Bartleby es un empleado gris, y Riquelme un millonario famoso. Pero el poder en nuestras sociedades capitalistas no se juega allí. Riquelme, como Bartleby, tiene para ofrecer únicamente su fuerza de trabajo, desnuda. Su talento. Sea para copiar libros, sea para jugar al fútbol. Del otro lado, está el dueño del estudio contable, o el dueño de Villareal, el club con todos los medios de producción necesarios para el funcionamiento de la fábrica del espectáculo futbolístico de hoy: estadio, camiseta, derechos federativos, contratos con la televisión, capital para adquirir nueva fuerza de trabajo en el mercado laboral.

La mueca gris de Riquelme no denota tristeza, como el no deja de aclarar. Quizás denote la preferencia por no sonreír. Pero, fundamentalmente, señala la preferencia por no aceptar las condiciones de la realidad en lo que, en su particular modo de ver, tienen de absurdo y arbitrario. Incluyendo las propiedades del régimen extensivo, esto es, el espacio y el tiempo.

En efecto, un importante eje de debate para la filosofía política contemporánea es el caso Bartleby. Algunos teóricos intentan encontrar en su “preferiría no hacerlo” la pista de una acción pasiva, de una “potencia del no”, potencia trasformadora de la realidad. Sin embargo, el cuento de Melville no ofrece mucha esperanza. La mueca gris de Bartleby, su preferencia por no contrastar, no copiar, no retirarse del inmueble donde trabaja, lo conducen, al final del relato, hacia un hospicio psiquiátrico.

Riquelme, en cambio, logra señalarnos la potencia creativa que subyace al ser humano cuando decide no aceptar simplemente las condiciones de la realidad material. No lo hace en el plano político, ni siquiera claramente en el ético. Pero sí en el deportivo. Mientras muchos intentan convencernos que el deporte se trata principalmente de ganar una competición, de acceder a un trofeo que marca que uno o varios hombres son mejores que otro hombre, o que varios otros hombres, Riquelme nos recuerda el motivo principal por el cual los hombres hacemos deporte: actualizar en la realidad una potencia virtual que, sin nuestra ejecución, permanece callada y oculta. Riquelme señala la posibilidad que tenemos de sumergirnos en el fondo virtual, atravesar el delgado muro que nos separa del fragor del inconsciente, y traer a la luz un acontencimiento inesperado: un acto de creación.

Cuando Riquelme hace la pausa, cuando el tiempo se detiene a su alrededor y todos los otros jugadores lo observan expectantes, cuando de pronto surge el pase perfecto que atraviesa la cancha trazando una línea que no estaba allí antes, trazando una línea donde antes había piernas y cuerpos adversarios, está quebrando las condiciones espacio-temporales de la realidad actual: el pase surge del fondo virtual, sólo puede surgir de allí. ¿A dónde lleva la pelota Riquelme cuando hace que sea imposible para un rival tocarla?

Por otra parte, cuando su juego rompe con la verticalidad supuesta de la cancha de fútbol, uno piensa inicialmente que está planteando un juego horizontal (o incluso hacia atrás). Pero uno siente que se trata de otra cosa: Riquelme está trazando un plano de inmanencia, esta construyendo el espacio a partir del cual va a transformar lo que ocurre en el campo de juego.

La indignación y la furia que despierta en los poderosos (sea los dueños del fútbol en España o el sector más reaccionario del periodismo en la Argentina) lo que Riquelme hace fuera la cancha, sólo es un síntoma del profundo motivo de este odio: lo que Riquelme hace dentro de la cancha. La creación, la verdadera fuerza de alegría de los hombres, yace en el camino que él señala (y que contagia a otros sabios prácticos, como por ejemplo Messi, quién también empieza a entender que su dominio del vértigo de nuestro espacio depende de un espacio más profundo, el espacio virtual, donde también hay pausas increíbles). Y esa alegría es la que los poderosos, que viven de la tristeza que inyectan en los hombres para transformarlos en sus esclavos, no pueden soportar.



sábado, 20 de octubre de 2007

Economía y demora

¿Por qué Riquelme no es vertical?


El trabajo, hablando rápidamente, supone un fin (el producto) y unos medios (actividades intermedias) que se organizan según el principio "de lo primero es lo primero": para fabricar una mesa, debo dar orden a una serie de tareas (conseguir la materia prima, las herramientas adecuadas, hacer un plano, etc), cada una de las cuales demanda un cierto "gasto" de tiempo. El fin regla la elección de las tareas intermedias y su realización y, consecuentemente, el tiempo necesario para la labor. El trabajo implica, entonces, disponer tanto de un capital material (aquellas cosas necesarias para llevar a cabo las tareas) como un capital temporal (el tiempo que "se tiene" para llevar a cabo las tareas). La eficacia del trabajo se mide en los términos de su capacidad para obtener resultados, es decir, en su capacidad de producir. Ha de tenerse en cuenta aquí que el tiempo que se "tiene" siempre es limitado: ya porque generalmente el trabajo se encuentra entre otros trabajos que reclaman tiempo ya, y en sentido radical, por la muerte. Agreguemos que por "un buen trabajo" se entiende aquel que produce más y mejores efectos en el menor tiempo posible. Esto es, aquel que usa menos capital (material y temporal) para maximizar los beneficios.
El arte de disponer de manera eficaz unos medios para alcanzar unos fines se llama economía. El trabajo implica, entonces, una economía del tiempo. Dado que el tiempo es siempre igual a n (y no infinito), la razón económica tiene por objeto establecer cómo gastar eficazmente ese tiempo. De esta manera, el tiempo se parcela en actividades que se suceden de cierta forma.
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Ahora bien, si sólo hay trabajo y economía, siempre ha de faltar el tiempo... El hombre es también la economía pero no sólo ni esencialmente la economía. Es claro: el problema no es con la economía sino que la economía nos "robe" todo nuestro tiempo.
Hay otro tiempo: uno que no puede ni "ganarse" ni "perderse" porque, en principio, nunca se tuvo ni puede tenerse. Un tiempo que es único y no puede compararse con ningún otro, que no admite cálculo ni intercambio; un tiempo que es lo anti-económico por antonomasia. Es el tiempo que nos toma y nos deja sin palabras, sin nada más que hacer que permanecer, en apacible quietud, a su merced.Un tiempo sin tiempo que se queda donde está, que se demora sin razón y deshace, sin acción ni violencia, los márgenes de toda acción y proyecto. Pensemos en el amor, en el encuentro amoroso: no hay allí ningún trabajo por hacer, ningún resultado que obtener, no hay eficacia ni comparación. Sólo un tiempo y un demorarse. No hay saber, no hay historia: sólo verdad.

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Riquelme para la pelota y el tiempo suspende su marcha: el correr de los minutos, el marcardor, los jugadores contrarios y sus propios compañeros, se suspenden. Nos inunda la perplejidad: "¿Qué hace Riquelme?". Y el instante, sin espesor, se extiende desbordando los límites del tiempo. "Nada" porque no hay nada que hacer. Riquelme, sencillamente, juega. Él es la esencia misma del juego: juega para nada, porque quiere, juega por derroche y no por carencia. Juega y desbarata la razón. "¿No debería ser vertical?", "¿No debería pegarle al arco?", "¿Por qué va para atrás?" Riquelme prefiere no hacer ni una cosa ni la otra. Prefiere no trabajar, prefiere no calcular, prefiere no obeceder las directivas de su entrenador. Prefiere no hacerlo. Riquelme prefiere jugar.